Recientemente estuvimos de visita en Madrid y aprovechamos para ir hasta el restaurante "La Gorda ", ubicado en el barrio de Prosperidad, que es sin duda y por lo menos hasta el momento, el lugar más emblemático de la capital española en lo que a cocina peruana se refiere.
Nos habían hablado mucho del lugar, así que teníamos ganas de conocerlo y de probar la cocina de Carmen Delgado, el rostro que se oculta detrás de “La Gorda”.

El restaurante es muy acogedor, el colorido de la decoración y el trato cálido de Félix, el marido de Carmen, al recibir a los comensales permiten que uno se sienta a gusto de inmediato. Y si tenemos en cuenta que esa soleada tarde estábamos en grata compañía no es difícil imaginar que la pasamos muy bien.
Decidimos pedir unos entrantes para compartir y fueron Milagros y Blanca, que ya habían estado en el lugar otras veces, las que hicieron las recomendaciones del caso, muy acertadas por cierto...
Un ceviche; valgan verdades, estuvo cumplidor, pero ahí no más, nada espectacular, pasó raspando.

Unas papitas rellenas; éstas aprobaron.

Y un quinuotto de aceitunas negras; sin duda las que se llevaron el sobresaliente. Realmente espectacular !!

Después cada uno se pidió un plato de fondo, pero claro, todos probamos un poquito de todo y es que, ante tantas cosas ricas, es difícil resistirse a la tentación de meter el tenedor (o la cuchara) en plato ajeno.
Al igual que Mili, yo me pedí un tacu, tacu, plato en el que se mezcla el arroz con los frejoles y que se acompaña con plátano y huevo frito, que estuvo muy rico.

Angel, fanático como es de la carapulcra, se decantó por ese plato hecho en base a papa seca y carne de cerdo.

Pepe se pidió un picante de langostinos.

Blanca un chupe de camarones, Paola unos ravioles rellenos con lúcuma, tan originales como deliciosos, y Jesús un arroz con mariscos.



Todos los platos muy correctos, aunque más de uno se sorprendió por lo reducido de las raciones, un comentario además que ya había escuchado antes. Pero, hay que tener en cuenta que los peruanos en general estamos acostumbrados a comer bien “taypá” y cuando se trata de cocina del terruño pues aún más.
Nos quedamos con ganas de los postres pues el suspiro de limeña se había acabado. Eso sí, no faltó la copita de pisco como broche de oro de una tarde muy especial.
am/fotos:ars

En 1996 empezó a ofrecer tapas en el bar que regentaba, sorprendiendo a todos con su originalidad. “En un principio la gente las rechazaba por considerarlas demasiado diferentes. Pedían callos, riñones, empanadillas y albóndigas y yo les ofrecía solomillo con cebolla caramelizada. ¡casi un sacrilegio!”, bromea y recuerda que en aquel entonces sus comensales les quitaban los piñones a los canapés. Pero, nada de eso lo desanimó. Por el contrario, lo motivó a seguir insistiendo emprendiendo una paciente tarea de educar gustos y paladares. “Fue una labor educativa, había que acostumbrar sus paladares a comer cosas diferentes pero no fue fácil. Cuando les ponía una empanadilla de nueces con queso y membrillo, la rechazaban, entonces yo les decía que no era un invento mío, que así también las preparaban las abuelas. Así poco a poco les fui abriendo primero la boca y después la mente”. 



